Carpe diem, ¿a qué precio?
Carpe diem, ¿a qué precio?
Pienso en este nuevo plano de la ciudad por ver de reconocerme viajera en su día a día y que al igual que el mío, y el de miles de personas, certifico que ha cambiado. No la pienso en este año de vacío y silencio, la recorro de nuevo revuelta, pizpireta, primaveral, alterada, sentada en las terrazas en las franjas de horarios que las normas vuelvan a dictar como quien da migajas de pan a las palomas. Palma se prepara para ponerse el bikini. ¿A qué precio?
En la antesala, en el experimento, del festejo del Día del Libro, dos sentimientos se contraponen: la felicidad de que leer vuelve a celebrarse como una fiesta y la preocupación de que en un tris tras nos olvidamos de las cautelas. Liberados de las cárceles de las distancias, asaltamos a degüello los tenderetes, codo a codo con cientos de iguales, a la búsqueda del ejemplar libresco. Olvidamos que el bicho anda suelto y que el ritmo de las vacunas no es el deseado y que tampoco estar pinchados nos garantiza estar libres del virus. Claro que, cómo poner numerus clausus entre puestos de libros, tras meses de anclaje al mundo pantalla, sin reconocernos que somos de piel y olemos.
Si en el mundo cuántico no hay zona de confort, tampoco lo hay en las ciudades. Todo se desmonta puesto que somos carne de cambio, átomos inquietos. Hace unos días han sido publicados los resultados que sitúan a Palma como una de las peores ciudades para vivir, concretamente nos colocan en un tercer o segundo puesto, detrás de Madrid y Barcelona. La encuesta de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) nos suspende en movilidad y en educación, además de recordar lo caro que resulta pagar lo imprescindible, alimentación y vivienda.
Se les preguntó a los encuestados a finales de 2020 pero si retrocedemos en el tiempo, nunca tuvimos unos resultados óptimos. En 2019, nos situaron en el quinto puesto, por déficits parecidos.
¿Recuerdan cuando nos vendieron como el mejor destino, la mejor ciudad para vivir, y empezaron a subir los alquileres, nos echaron para convertir las viviendas en hoteles o en apartamentos camuflados? A zapatazo limpio te sales de la zona de confort.
¿Qué ha aprendido esta ciudad, sus gobernantes, sus inquilinos, de esta dichosa pandemia? Creo, superado el año, que de boquilla hemos memorizado unos cuantos eslóganes como el de vivir al día, que suscribo plenamente aunque me gustaría añadirle un poco de sal y pimienta.
¿Carpe diem para volver a abrirnos de piernas al mismo modelo de crecimiento económico, el turismo como única industria que nos alimente? ¿Carpe diem para un sálvese quien pueda que está decorando una ciudad de terrazas de cartón piedra, donde reina el feísmo y hasta cierto ridículo?
Hace muchos, muchos años, venía Rosario a limpiar a la casa de mis padres. Era una andaluza reservada, amorosa, que yo adoraba. No podía dejar de mirar cómo posaba sus manos de Macarena sobre los objetos. Un día me invitó a su casa. “A merendar”, me anunció. Yo salivé porque sabía que todo lo que hacía Rosario sería como para un día de fiesta. Llegamos a su piso, y recuerdo el olor y la belleza que emanaban de una cocina alicatada en blanco, con unos geranios rojos y aquella luz prodigiosa que entraba por el ventanuco de la pequeña estancia, de un modesto piso del extrarradio que a mí me pareció el cielo. Ni qué decir que la merienda fue un festín.
Relato esto porque en cuestiones de estética no solo cuenta el dinero, son otras las escuadras y tiralíneas que construyen la belleza. Y a ellas me remito cuando pienso en esta ciudad afeada por una terrible crisis que nos ha sacado de la zona de confort en la que nunca deberíamos habernos instalado. ¡Seámos cuánticos y austeros! Carpe diem, sí, pero no a cualquier precio.
El fotógrafo que retrató Palma en patines
El fotógrafo que retrató Palma en patines
Roland Barthes empieza su libro La cámara lúcida con una anécdota personal que hoy recojo a propósito del fotógrafo Donald G. Murray, fallecido tan solo unos días atrás. Para ser precisos el 18 de abril. Un domingo. Barthes cuenta que al dar con una fotografía de Jerónimo, último hermano de Napoleón, pensó para sí: «Veo los ojos que han visto al Emperador».
Durante muchos años, el fotógrafo de Canadá, que eligió Mallorca para vivir y morir después de sobrevolar buena parte del mundo -fue piloto de las Fuerzas Aéreas de Canadá-, retrató los interiores de las casas señoriales mallorquinas, en la serie La Casa y el tiempo, editada por José J. De Olañeta. De tiempo está hecha la fotografía que no es otra cosa que el intento de detenerlo y me pregunto si esos ojos azules de Donald G. Murray vieron el rostro de una ciudad desvanecida entre damascos y sedas, sifoniers y veladores de caoba y palo rosa, de espejos amarilleados en sus esquinas, de sillas vacías y sofás con los huecos dejados por los muertos.
Él puso a disposición de nuestras miradas el silencio de alcobas en desuso que en su día fueron escenarios de noches de boda, con o sin amor, de la aristocracia mallorquina que con el paso y el peso del tiempo ha ido deshaciéndose del lastre de las herencias. Donald estuvo ahí como quien contempla el escenario de la vida cotidiana que sucedió tiempo atrás.
Como también estuvo en los interiores de los conventos, ¿trató de captar el voto de silencio de algunos de ellos?; al menos en las celdas desnudas no tuvo el trabajo de elegir qué objeto retenía para la inmortalidad y lo convertía en sujeto de la fotografía. Como bien apunta Barthes, “de todos los objetos del mundo porqué escoger tal objeto, tal instante y no otro”.
Son miles las miradas que nos ha regalado Donald G. Murray de una ciudad hurtada a lo que fue, de unas casas vacías de esencia, porque si hoy hablamos de la España vaciada, podríamos también empezar a hablar de las ciudades vaciadas de sí mismas, de lo que fueron, de parte de su historia para convertirse en otras. Si la materia no se crea ni se destruye sino que se transforma, hagamos del enunciado de Lavoisier, un apunte esperanzador de Palma.
Creo que a Donald le gustaría que no cayésemos en nostalgias de salón de té porque él supo mirar vívamente un patrimonio para regalarlo a ojos futuros. Quizá por eso asumió otra paradoja: ser uno de los fotógrafos de la historia de la ciudad, de su detención, y moverse por ella rodando, rápido, en patines. El piloto hizo del asfalto otro cielo. Voló sobre la ciudad a ras de tierra después de haber visto lo que nuestros antepasados vieron. D.E.P. Donald G. Murray.