Una pandemia de sonidos

Una pandemia de sonidos

Una pandemia de sonidos

Ilustración: Toni Salvà.

Tengo el teléfono móvil en silencio. Un día, sin querer, apreté alguna tecla y desactivé el sonido de llamadas, alarmas y otros pitidos que conforman el día a día desde que somos seres atados a la tecnología de las pantallas digitales. Ocurrió antes del confinamiento. El silencio de mi teléfono no implica estar desconectada solo llegar más tarde. La inmediatez se ha relajado gracias a mi torpeza digital. Qué alivio. Podría volver a activarlo. He decidido no hacerlo. Prefiero seguir conectada a mi ritmo, sin la interferencia de los avisos. Sin prisas. 

Cuando nos metieron en nuestras casas para evitar el colapso sanitario por un virus del que aún no hay vacuna -lo apunto porque nos estamos relajando en las cautelas como si ya hubiera una-,  cuando cerraron el espacio aéreo, cuando impidieron la llegada de cruceros y ferries, cuando apenas se mantuvieron los servicios mínimos y esenciales de transporte se hizo el silencio en el mundo. De puertas para afuera porque en el interior de las casas nunca antes habíamos estado más conectados a la red. Es decir, al ruido de las pantallas. Yo no fui excepción solo que como ya he contado, lo hice en silencio.

El canto de los pájaros y la nitidez del aire y de las aguas se convirtieron en recurrentes tuits y temas de conversación en los chats. En el kikiriki del mundo se hizo un ruido universal gracias a los prodigios del silencio confinado. El Planeta se dividió entre espacio interior y exterior. En el interior de las cabañas nos resguardamos del virus con distintos sonidos y como la velocidad de su reproducción depende del medio por el cual se transmite, los trinos de los pájaros nos llegaron nítidos. Eso creímos. En realidad, lo que ocurrió es que estábamos más atentos porque el mundo se silenció en parte.

Se habló del silencio del Cosmos. Se recordó cómo durante años nos mecimos con la Odisea espacial de David Bowie y vimos películas donde el silencio del espacio estremecía. Error, porque ahí lejos hay un ruido descomunal. Pese al vacío que no permite propagar el sonido, el Universo tiene sus reglas y una de ellas es que puede distribuir sus sonidos sin aire. Nosotros no lo percibimos pero hemos fabricado aparatos que lo captan a través de las ondas electromagnéticas.

Científicos, músicos y arqueólogos apuntan que “somos una especie musical”. Si nos colocan dentro de cámaras insonorizadas, nuestro cerebro fabrica mecanismos como escuchar los latidos de nuestro corazón para evitar entrar en pánico. El no sonido choca con nuestra naturaleza ancestral. El sentido del oído era aliado al primate al ser un sistema de alerta que permitió su supervivencia. ¿Será por eso que el silencio nos angustia? ¿Será por eso que en el mutismo exterior del confinamiento, buscamos músicas, películas, chats, teléfonos, en definitiva, ruidos? 

Frente a esa paradoja, la mística que busca en el silencio otra forma de comunicación: la contemplación. La practicamos poco esta primavera. Y ahora os dejo. Suena mi teléfono móvil. En silencio. 

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