Un horno y los agujeros negros

Un horno y los agujeros negros

Un horno y los agujeros negros

Ilustración: Toni Salvà.

A menudo usamos coloquialmente el término agujero negro para describir un lugar sin escapatoria, un pozo en el que caemos probablemente para permanecer en él. Un escalofrío nos recorre si tomamos consciencia de semejante vértigo. Esa región del espacio con una densidad y concentración de masa es de tal magnitud que genera un campo gravitatorio del que nada puede escapar, ni tan siquiera la luz. De ahí el terror que produce la expresión caer en un agujero negro a la vez que genera fascinación porque como ya nos animó el físico y gran conocedor de ellos Stephen Hawking, “las cosas pueden salir de un agujero negro al exterior y posiblemente a otro universo. ¡No te rindas. Hay salida!”

El año pasado ese lugar del espacio fue retratado por primera vez. Se puso luz a la oscuridad gracias al proyecto Telescopio Horizonte de Sucesos (EHT) que se sirvió de una red de diez potentes aparatos ópticos distribuidos en lugares del Planeta como Chile, Hawái, México, Arizona, España y la Antártida. Se hizo la luz sobre los fascinantes agujeros negros que como tal fueron enunciados por el físico teórico John Wheeler en 1967.

Al ver las imágenes veo una pupila inmensa, azabache, acompañada de una radiación que estremece. No sé porqué he recordado la Creación de Adán en la Capilla Sixtina. Miguel Ángel transmite toda la energía que hay en el gesto de un dedo, el dedo de Dios, yendo hacia Adán “como si fuera un punto de electricidad”, indicó Ernst Gombrich. Es el milagro de todo alumbramiento.

Esa descarga eléctrica que menciona el historiador del arte es parecida a la que me sacude cuando aprendo de la mano del sabio Hawking que no hay que rendirse. Cuando los agujeros negros eran la representación del abismo total, ese horizonte de sucesos en el que nada puede regresar, es desafiada por la física cuántica ya que según ésta la información no se puede destruir, es decir, que ese reservorio subatómico de memoria es un lugar llamado esperanza. Lleno de paradojas.

Esta semana leí la noticia del cierre del Forn d’es Recó. Abierto en 1928 por Mateu Oliver, le ha tocado echar el cierre a las hermanas Maria Antonia y Cristina Reina. No es el primero ni será el último que acabe siendo engullido por la ciudad plataforma en la que nos estamos convirtiendo al igual que el resto del mundo. Los mordiscos a la yugular de los pequeños comercios sangran más cuando se trata de panaderías.

Me describe una amiga y vecina del Forn d’es Recó que el olor a pan recién horneado en las primeras horas del día la acompañaba y que agradecía el calor cuando se colaba por su escalera en los días de lluvia y frío. Me habla Luna, que así se llama mi amiga, de los sonidos de abrir la reja durante años y años de una vida sacrificada -ese pan y ese pastel que nos alimentan y nos hacen felices se hacen gracias al esfuerzo de horas robadas al sueño, no lo olvidemos- y me cuenta que fue durante la cuarentena “el único espacio junto con la farmacia que nos recordaba que aún quedaba vida en la ciudad desierta”.

Los elevados precios de alquileres en el centro de Palma guillotinan nuestras partículas emocionales. Rendirnos al consumo de franquicias, al comercio digital es contribuir a un plan establecido de antemano. El covid19 no ha hecho más que poner la puntilla. Quiero creer que nuestra memoria conseguirá sacarlo del agujero negro. ¡En otro universo y en forma de logaritmo, claro!

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